Confieso tener una incesante inclinación a tener que ser vista.

Como si de alguna forma fuera importante sentirme escuchada, reconocida.
Y además dependiera de mí ello.

La pretenciosidad de inundar el mundo.

Qué ganas de rendirme.
De desaparecer en el deseo.
De querer no ser nadie.

Tengo el ego hambriento, educado en sutilezas,
comedido en apariencias.

¿Qué hacer si no tuviera que hacer nada?

¿Saben esa sensación (que es trampa) en la que una siente que está a medio camino de muchas cosas y la idea de rendirse haría que todo perdiera su sentido?

Pues qué ganas tengo de pasarme por el culo esas trampas y abandonar.

Y entregarme al campo.
Y los pechos de la mujer que me mira tan bonito.

Y a reírme y a perder el tiempo.
Y a volver a ver el Rey León, contigo.

De tener otro huerto y escribir poemas y obras de teatros sólo cuando me pique el coño.

De no coger el teléfono ni emitir una factura si no doy saltos de alegría.

De no pensar nunca más en cómo sería hacer bien las cosas y simplemente hacerlas, y vivirlas como llegan, al trancazo.

No sé…

…pero a mí me da que me falta sólo un hilo pa botarme del todo la realidad que me vió nacer.

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